Desde entonces desconfío de las sonrisas. El hombre que intentaba estrangularme sonreía observando mis muecas. Creo que le divertía. Aquella vez me salvé de morir entre sus manos tenazas puesto que me liberó para aplaudirme.
Eligió mi “ser payaso”. Hoy ahogo los miedos sobre la cuerda del circo, metida en mis zapatillas rojas, con las comisuras dibujadas de blanco ascendente.
Yo, la rehén, sé que si no le agrado se adueñará de mi oxígeno.