-En el banco de la plaza, ¿si?
-Bueno, está bien- (odio el banco de la plaza, siempre lo odie.) siempre el banco, siempre el mismo, cada vez que estoy triste voy al mismo banco.
No entiendo porque le dije que si, en realidad no quería verlo, tampoco ir a sentarme como una estatua en el banco de la plaza. Pero siempre digo que si, ¿será que no encuentro el no? Tampoco me niego a los besos y abrazos que me molestan, que huelen a naftalina, a usados.
Caminé hasta el cuarto y abrí el viejo ropero. El miserable espejo mostraba mi cara, mis piernas, mi todo. El sabía que no me gustaba mi cuerpo, no entendía porque se empeñaba en hacerlo cada vez que abría la puerta del ropero que la abuela me había dejado como parte de su herencia. Algún día lo voy a tirar, a la calle o más lejos.
Busqué el vestido celeste de seda. Ese que tenía una rosa demasiado grande en un costado, que me molestaba cuando giraba la cabeza para mirar a alguien interesante. Me lo puse con desgano para ir a la plaza y sentarme en el banco. Busqué los zapatos celestes, la abuela siempre decía que había que ser moderada con los colores y los accesorios, no era bueno llamar la atención, eso era típico de las chicas de la noche. Y pensé en las chicas de la noche y en cuanto se divertirían al no ser moderadas con los accesorios y los colores y no tener que ir al banco de la plaza.
Fui con la carterita de puntillas y las medias blancas, aunque el verano estaba en su plenitud, dijo que quería hablar de algo importante. El banco de la plaza., era como el confesionario. Le hablé de mi virginidad y el deseo de llegar de ese modo al casamiento.
Él siempre me lo prometía y yo siempre esperaba. Cómo iba a mentir si la abuela decía que la honestidad ahorra energía y tiempo. Me acomodé frente al espejo, (al que también un día iba a tirar) y le regalé una última mirada a mi desnudez.
Llegué a la plaza y esperé en el banco de madera.
El sombrero, los guantes, el vestido con la falda generosa en tela, desplegaba sensualidad inocente, sedosa. Más inocente que sedosa. Las medias blancas algo mojadas por la transpiración, y los zapatos celestes claro. Me sentía como un paquete de regalo olvidado en la plaza, demasiado prolijo, demasiado moño.
Esperé una hora, dos, tres. Confieso que no me molesta esperar. Siempre esperé. Desde chiquita pasaba tiempo en el sillón de la abuela haciendo juegos mentales, contando de dos en dos o simplemente moviendo las piernas de aquí para allá esperando que mamá terminara de tomar el té con sus amigas.
Me saqué el sombrero y los guantes. Al rato también los zapatos, tan hinchados tenia los pies. Arranqué la flor del vestido y cayó al pasto, la miré de reojo con el odio que se merecía.
La abuela decía que saber esperar era de señoritas. Pasadas las tres horas entendí que no vendría. Me quité las medias blancas que se habían pegado a las piernas.
El día cayó y él no vino.
Tenia ganas de decirle que lo odiaba, por la virginidad y por el vestido celeste por los guantes y la flor al costado del pecho. También por las medias blancas en verano.
Sin el vestido, quedé desnuda. Estaba en el banco de la plaza que siempre había odiado.
Sentí un placer desconocido, inmenso que había sido robado por inútiles promesas. Me acomodé el vestido y recogí la flor, los guantes ya no tan blancos, las medias hechas un bollo, y la espantosa carterita, busqué un poco más allá los zapatos. Al pasar por el cesto de papeles del parque los tiré uno por uno con enorme placer.
Ya en casa, me dormí pensando en que lugar del parque dejaría el pesado ropero de la abuela. Creo que cerca del banco, tal vez ella también se anime a sacarse las medias blancas y a regalarse placer. Las mejores cosas pasan entre el cielo y el infierno.
Escribo cuentos, he incursionado en ensayos y algunos cuentos en inglés.
El cuento que comparto obtuvo el tercer premio CUENTO en el concurso 2007 de la asociación de Letras y Artes Marplatenses ( A.L.A.M.)