El aire a su alrededor, más el espacio que contenía su sombra, se impregnaba con perfume de albahacas.
Nos dijo que lo vendería, pero ¿qué vendería? Si todo en él eran embustes.
A veces aseveraba tener una cebra a lunares, otras, una mula rayada o un zaino al que le crecían albahacas en las crines. Algunos escuchaban y se dejaban vender aquellos sueños.
El domingo asistimos a la subasta. Cuando mostró al zaino por primera vez, al no creerle demasiado ( más al tratarse de dinero), decidimos probar la mercancía. El caballo no se dejó podar las albahacas, parecía saber que le crecerían con más fuerza. Con la mula pasó algo diferente. Me apoyé en el lomo y me transmitió las rayas. Fue ahí donde comencé a dudar de mi amigo embaucador. Pasó un año y no alcanzaron los cepillos, ni las sustancias abrasivas, menos las recetas de las doñas, las rayas no desaparecían. En esos tiempos, Sansón resistió a todo esquema.
Fue el único embustero “Real” que se cruzó con mis 142 años de vida.