En aquella noche, que apoyados sus brazos en el paño verde nos dijo muy suelta que estaba embarazada, comenzamos a buscar nombres y color de ojos. Por los meses transcurridos sin que el vientre le creciera; la observábamos dudándole la verdad.
Escondimos nuestros pensamientos frente a su insistencia en asegurar la proximidad del parto.
En una partida en que los naipes, chatos como su espera, le temblaron en las manos; al primer espasmo se desplomó en el sillón del living. Los jadeos prolongados por horas finalizaron al amanecer.
Al abrir las piernas, afloró con un llanto, su sombra.