El pulidor de estatuas, contratado por el intendente inició sus tareas con el alba sobre las tres figuras descalzas, que dormían su siglo en un pedestal de hiedras cinceladas.
Esos personajes con cabellos velados por nidos y detritus de palomas, bien merecían una limpieza.
Las esculturas adelgazaban día a día. Las facciones se esfumaban; las salientes, morían en los pectorales.
Los griegos nuevamente esculpidos irrumpieron en la anorexia.
Acostumbradas a los horarios del sol contra las mismas figuras, las sombras encontraron en aquella mutación, enorme inquietud. Formas que habían durado cien años, perdieron armonía.
La proyección dislocada se habitó de cuervos negros, los mismos que huyeron del último cuadro de Van Gogh.
Todo el pueblo escuchó la alarma del museo.