Feeds:
Entradas
Comentarios

¿alicia está perdida
detrás de mis pupilas ?
¿está el país de las maravillas
perdido para mí ?
¿están algunos cristales /
los de aquel caleidoscopio
perdidos en el mundo de alicia?
¿estamos alicia y yo
perdidas detrás del espejo ?
¿cuándo terminará el odio
entre los capuleto y los montesco /
para que el amor de julieta y romeo
sea más fuerte que la muerta ?
¿o siempre se muere para salvar lo amado ?

Por: Silvia Loustau

Anuncios

EL MIOPE TIZA

Las hojas del  Miope Tiza son las paredes del pueblo.

Cuando el poema tiene ganas de seguir, abarca varias cuadras y hasta dobla en alguna esquina somnolienta.

Las cartas se envían a la familia tal, poema tal, esquina frase tal…
Los parroquianos se encuentran en  MUELLE DE LAS ESPIGAS CON LLAVES DEL OLVIDO…  o te espero en RESORTE OXIDADO DE PASIÓN CON ABEDULES QUE PLAGIAN ABEDULES, o me mudo a VELORIO DE LAS ESPUELAS, CASA AZULADA, ESTROFA, ESQUINA LÁGRIMAS ENTIBIADAS POR TUS MANOS…

El pueblo eligió como cartero a un poeta. Fue el único en lograr que las cartas llegaran a las estrofas.

EL PULIDOR OBSESIVO

El pulidor de estatuas, contratado por el intendente inició sus tareas con el alba sobre las tres figuras descalzas, que dormían su siglo en un pedestal de hiedras cinceladas.

Esos  personajes con cabellos velados por nidos y detritus de palomas, bien merecían una limpieza.
Las esculturas adelgazaban día a día. Las facciones se esfumaban; las salientes,   morían en los pectorales.

Los griegos nuevamente esculpidos irrumpieron en la anorexia.

Acostumbradas a los horarios del sol contra las mismas figuras, las sombras encontraron en aquella mutación, enorme inquietud.  Formas que habían durado cien años, perdieron  armonía.

La proyección dislocada se habitó de cuervos negros, los mismos que  huyeron del último  cuadro  de Van Gogh.

Todo el pueblo  escuchó la alarma del museo.

CHATA COMO UN NAIPE

En aquella noche,  que apoyados sus brazos en el paño verde nos dijo muy suelta que estaba embarazada, comenzamos a buscar nombres y color de ojos. Por los meses  transcurridos sin que el vientre le creciera; la observábamos  dudándole la verdad.

Escondimos nuestros pensamientos frente a su  insistencia en asegurar la proximidad del parto.

En una partida en que  los naipes, chatos como su espera, le  temblaron en las manos; al primer espasmo se  desplomó en el sillón del living. Los jadeos prolongados por horas finalizaron al amanecer.
Al abrir las piernas, afloró con un llanto, su sombra.

Calmased

Extraviados en el desierto, dos hombres ya sin fuerzas, ven a pocos metros una canilla.

Piensan que es un espejismo, pero el espíritu de supervivencia gana.

A pocos pasos  ven la gota caer.  Se desploman a instantes del alivio. Una gota, un minuto de vida, una gota, la muerte.

Se avizora  una caravana. Cuando llega, descubren  dos  cuerpos secos. No entienden cómo se logra morir de sed en el único lugar en kilómetros de sílice, donde un oasis es promesa.

Los viajantes  arrojan sus morrales, bajan de los camellos, estiran el entumecimiento y avanzan. Ella cierra las piernas y deja de gotear.

Descontrolados, los moros la golpean,  increpan e insultan con la escasa saliva que les queda, la tratan como a la prostituta que deja el servicio sin concluir de saciar  urgencias.

Como en un burdel de frontera hacen fila esperando llenar sus cantimploras.
Los primeros  en llegar se  marchan ricos en sed, mientras los demás los siguen.

A sus espaldas, ella comienza a pintarse los labios mientras chorrea carcajadas.

El aire a su alrededor, más el espacio que contenía su sombra, se impregnaba con perfume de albahacas.
Nos dijo que lo vendería, pero ¿qué vendería? Si todo en él eran embustes.

A veces aseveraba tener una cebra a lunares, otras, una mula rayada o un zaino al que le crecían albahacas en las crines. Algunos escuchaban y se dejaban vender aquellos sueños.

El domingo asistimos a la subasta. Cuando mostró al zaino por primera vez, al no creerle demasiado ( más al tratarse de dinero), decidimos probar la mercancía. El caballo no se dejó podar las albahacas, parecía saber que  le crecerían con  más fuerza. Con la mula pasó algo diferente. Me apoyé en el lomo y me transmitió las rayas. Fue ahí donde comencé a dudar  de mi amigo embaucador. Pasó un año y no alcanzaron  los cepillos, ni las sustancias abrasivas, menos las recetas de las doñas, las rayas no desaparecían.  En esos tiempos, Sansón  resistió a todo esquema.
Fue el único embustero “Real” que se cruzó  con mis 142 años de vida.

-En el banco de la plaza, ¿si?
-Bueno, está bien- (odio el banco de la plaza, siempre lo odie.) siempre el banco, siempre el mismo, cada vez que estoy triste voy al mismo banco.

No entiendo porque le dije que si, en realidad no quería verlo, tampoco ir a sentarme como una estatua en el banco de la plaza. Pero siempre digo que si, ¿será que no encuentro el no? Tampoco me niego a los besos y abrazos que me molestan, que huelen a naftalina, a usados.

Caminé hasta el cuarto y abrí el viejo ropero. El miserable espejo mostraba mi cara, mis piernas, mi todo. El sabía que no me gustaba mi cuerpo, no entendía porque se empeñaba en hacerlo cada vez que abría la puerta del ropero que la abuela me había dejado como parte de su herencia. Algún día lo voy a tirar, a la calle o más lejos.
Seguir leyendo »